
Sussie es una novelista aficionada y desconocida, que ha recibido acogida poco entusiasta por quienes hayan leído sus ensayos publicados. Los últimos, son tan mediocres, que únicamente aparecen en revistas de modesta circulación, por los que ella contribuye remuneración secreta, para asegurar que se impriman. No obstante, ella se jacta de ser autora de obras literarias de importancia.
Así lo haría María Martínez de Trujillo, en la República Dominicana, y Elena Ceauşescu en Rumania — nada nuevo, bajo la luz del sol….
Imbuida con una necesidad muy engranada de ser, por todos reconocida y aceptada, Sussie, apoyada por los peores instintos para lograr la meta de ser admitida en la sociedad donde ella y su marido se desenvuelven, logró, con su actitud llamativa y alardeos extravagantes, despertar el rechazo universal por parte de todos quienes la conocieran — mofarse de Sussie, constituyó el pasatiempo favorito que todos en la Villa, en que viviera, disfrutaban.
Pero, Sussie — como algunos hubiesen hecho en una situación parecida — no desistió en sus deseos de avanzar en un ámbito social que le mostraba desdén, sino que se empecinó, con empuje muy decidido, a lograr sus metas extravagantes, de ser la persona más sobresaliente en su círculo social.
Insensible acerca de sus dificultades, e incapaz de compartirlas con, un impasible marido, Sussie optaría por persistir haciendo alardes desmesurados acerca de sus limitados talentos.
Sussie la artista
Dotada de entendimientos rudimentarios en el uso del óleo y los pinceles, nuestra amiga pintó unos cuantos lienzos basados en paisajes y en escenas del folklore autóctono de la región.
Satisfecha con sus pinturas, decidió, que sus producciones eran de buena calidad artística, resolviendo mostrarlas a algunas personas conocidas.
Carente, como sería, de discernimiento social, la desafortunada mujer, no detectó la verdad detrás de las demostraciones reservadas con que sus cuadros fueran recibidos: ‘muy bien ejecutado, Sussie’, dijo el director del colegio donde la única hija de la ‘artista’, estuviera enrolada. ‘¡Maravilloso!… [Un] ejemplo de lo que puede lograrse sin entrenamiento alguno’, expresó el párroco de la iglesia local, mientras que declinara, con suave y firme gentileza, la oferta de colgar algunas de las pinturas, con motivos religiosos, en el presbiterio del templo.
Oh! Susanna don’t you cry for me…
Impertérrita por la recepción poco entusiasta, que los cuadros recibieran y sin amilanarse, Sussie hizo los arreglos para obtener un espacio en una galería de arte local, donde poner en exhibición sus creaciones pictóricas.
La noche del debut
La noche en que se inauguró la exposición, Sussie se gastó un dineral para obtener los servicios de una orquesta de cámara, planeó que se sirviera un rico bufet acompañado de cocteles, invitó a todas las personas más influyentes del área y notificó los medios de noticias y de prensa locales. Su ilusión era que todos estarían presentes.
Ridi, pagliaccio…
Vestida con un traje largo, diseñado para la ocasión por un modisto local, nuestra protagonista se aprestó a recibir sus más de doscientos invitados para la velada de su promoción como artífice de la brocha fina.
La función que se había planeado a comenzar a las 8:30 P.M., nunca tendría lugar, ya que a las diez, cansado de esperar a que algún alma llegara, René, el marido, le dijo: ‘Sussie, despidamos a los músicos y paguemos a los mozos, es hora de cerrar e irnos a dormir…’
Al día siguiente, la joven y abatida mujer, despertó de un estado comatoso, inducido por una sobredosis de Duloxetina — la que estuviera tomando por unos meses, desde que visitara un psiquiatra. Esta visita sería a la sazón de haber perdido su padre y un hermano en un accidente náutico. El doctor le aseguró, dándole unas muestras para introducirla al fármaco, que ‘estas capsulitas te van a quitar la pena y te cambiarán la vida’.
Nuestra amiga, al recuperar la consciencia, pronto comprendió, que estaba en una clínica bajo cuidado psiquiátrico y que, por supuesto, se la consideraba suicida. Siendo así, la sociedad, la ‘protegería’, manteniéndola encerrada, aunque, por así hacerlo, contravendría los elementos básicos del pensamiento del renegado alienista, Thomas Szasz.
La joven mujer, obedeciendo sus captores y adaptándose a sus caprichos, logró salir prontamente de la clínica, no sin antes conocer a un médico que le aseguró del hecho de que las depresiones eran situaciones bioquímicas y de que las píldoras eran esenciales para ella, recetándole otro antidepresivo. La ‘actitud imperial’, de este renombrado ‘fantoche’ — recordaría Sussie — rendía tributo a un nombre de emperador romano, porque se llamaba ‘César’ — las reminiscencias, de sorprendente manera, hacen juegos extraños de nuestras recolecciones, como lo hiciera con las memorias que Sebald nos legara.
César o Augusto. Con un nombre así, cualquier recién nacido, llegará muy lejos — piensan, al bautizar al hijo, algunas mamás — por lo menos — así quizás, reflexionaría la de Augusto Pinochet.
‘Las píldoras, lo que hicieron fue abobarme’, diría nuestra amiga más adelante, luego de descontinuar su uso.
Lo que sucedió, de inesperada manera, sería que, para lograr interrumpir el fármaco, Sussie tuvo que padecer muchos de los síntomas desagradables del síndrome de abstinencia.
Esos síntomas son muy comunes con los nuevos antidepresivos-serotonina-específicos, cuya exagerada eficacia se cuestiona y cuyos efectos secundarios se acumulan, tanto en el cuerpo de quienes los usan, como en el cúmulo de la literatura donde estos hallazgos se reportan.
En seguida conoceremos a Annie y a su compañera
Annie, de estado civil ‘solterona’ (por admisión propia), había alcanzado mucho éxito en la fundación de una cadena de tiendas para la venta de alimentos y medicinas dietéticas naturales.
Viviría, por algunos años con Jimmy y sus perros. Jimmy era su único hijo, quien exhibiera síntomas del síndrome de Tourette, y, quien fuera resultado de un matrimonio fallido con un entepreneur exitoso. Cuando se divorció del marido, Annie decidió hacerse ‘nutricionista’ y dedicarse al manejo artificioso de las dietas para adelgazar y a la venta de, las llamadas, ‘comidas naturales’.
En el asunto de las dietas, le iría muy bien, como ya sabemos.
Luego de que Jimmy se independizara, Annie compartía su vida con su amante Raquel, con quien conllevara sus negocios por una veintena de años.
Era feliz…
Retornando de un viaje a Europa para celebrar el aniversario de su relación con la compañera, a Raquel, se le descubrió una malignidad del colon que resultó en una colostomía con la apertura quirúrgica de un ano artificial permanente. Lo que, sin duda, produjo una lesión emocional, de índole narcisista, en ambas mujeres…
Ambas señoras frisaban en los cincuenta años de edad, y las dos habían tenido problemas de adicción a las drogas. De hecho, ellas se conocieron cuando se encontraran en los Estados Unidos, internadas en un famoso centro de tratamiento. Hoy, considerándose recuperadas, dejarían de participar en toda actividad de soporte de grupo.
Estas mujeres inteligentes creían que el concepto de estar ‘en recuperación’ por toda una vida — como AA y sus clones pontifican — era una falacia que a todos no aplicaba, y, mucho menos, a ellas.
¿Qué sucedió?
Quizás muchos considerarían que lo que a las compañeras, y aún a Sussie, sucediera, sería una expresión de algún estrés post-traumático. Pero, lo cierto fue que, siguiendo la operación, ambas mujeres sufrieron síntomas de severa depresión.
Las dos fueron evaluadas por diferentes terapeutas médicos, requiriendo que tomaran medicinas para sus estados de ánimo. Pero, tomar drogas, mientras que se les prometiera que, con el paso del tiempo y con el uso de las medicaciones, todo en sus vidas retornaría a la normalidad muy prontamente, era algo que estas mujeres rehusaban creer. Pero, a regañadientes, lo hicieron.
Quizás fuera una transferencia negativa la causa de esta resistencia a la terapia por parte de las dos amigas…
Raquel fue quien recordara que, fuera a ella, a quien el médico, dijera: ‘esta píldora te va a hacer feliz’.
Pero, como así no sucediera — ya que la depresión no había mejorado en ninguna de las dos — cesaron de tomar las medicaciones recetadas, pero, haciéndolo de modo abrupto, lo que resultaría en algunos síntomas, de cesación, muy molestos.
Fue entonces cuando comenzaron a usar el alcohol y otras sustancias para poder ajustarse a su dolor.
Cuando realizaron que ambas habían recaído en sus dependencias, decidieron viajar juntas a otro programa de rehabilitación, esta vez en la América Central.
Pasaron varios meses en Costa Rica.
Retornando a su país, ‘ya limpias’, las dos amantes todavía se sentían deprimidas. Pero, cuando, otra vez, les hicieran la oferta del uso de medicamentos antidepresivos para el alivio de sus síntomas, una y otra rehusarían con vehemencia firme, diciendo: ‘Píldoras, ¿para qué? Si nunca nos ayudaron…’
Nuestra ponencia
Nuestra tesis de hoy, es una crítica acerca del uso erróneo de los antidepresivos para combatir el duelo normal y de sus consecuencias adversas en tales circunstancias.
Además y, como parte de este ejercicio intelectual, con el soporte provisto por las viñetas clínicas presentadas, introducimos y examinamos asimismo, algunas de las ideas básicas que Freud expresara acerca del mecanismo del duelo normal basado en la teoría del psicoanálisis.
Duelo y Melancolía (Mourning and Melancholia)
Duelo y Melancolía es un manuscrito que Freud esbozara en el año 1915, pero que no publicaría hasta dos años más tarde.
En este breve, pero sustancial documento, Freud describe la esencia del estado psíquico de la melancolía, comparándola con el afecto normal del duelo — distanciándose a la vez, de la perspectiva teórica que él adoptara en el 1895 y que compartiera con Fliess en su correspondencia con este fiel colaborador.
Este nuevo ensayo representaba, para Freud, una extensión de sus tesis acerca del tema del narcisismo (1914) que lo impelió a considerar los aspectos emocionales de las pérdidas muy íntimas y personales, y de las regresiones melancólicas, que son sus secuelas, cuando la libido se retrae del objeto querido y se torna hacia el ego, identificándose y fundiéndose con éste.
La ambivalencia
La defensa de la ambivalencia surge, aquí, como elemento importante en la melancolía, cuando ésta resulta de la privación de un ente que suministraba satisfacción oral (dependencias) provenientes del objeto ya ido. Amor y odio se sienten alternativamente hacia la misma persona u objeto causante del duelo.
De importancia técnica es necesario aquí expresar que la satisfacción perdida, que del objeto se derivaba, puede ser simbólica como serían mermas físicas, o factores de identidad o prestigio social.
Tenemos que considerar que Freud, cuando elaborara sus nuevas nociones, estaba sumido en medio del drama universal de la Primera Guerra Mundial — con todas sus repercusiones psicológicas en la mente de este psicoanalista — cuya identidad de judío, le causara muchos conflictos, antes y después de las dos conflagraciones mundiales que viviera.
Otra nueva e importante defensa, como mecanismo, que sería elaborada por Freud durante este período, fue la de la identificación. Defensa que, para su discípulo Abraham, sería conceptualizada como la incorporación.
El concepto del duelo ‘Trauerarbeit’
En su libro Sobre el Narcisismo (On narcissism) (1914) Freud resume sus previas ideas acerca del tema del narcisismo egocéntrico y establece su posición en el desarrollo sexual. Asimismo, examina los problemas que existen entre el ego y los objetos externos, instaurando una dicotomía entre ‘ego-libido’ y ‘objeto-libido’. Pero más importante, para el futuro del psicoanálisis, sería que Freud introduce igualmente los conceptos del ‘ego-ideal’, y el de la agencia estructural del ‘ego-observante’, que siendo autónomo, el último se relaciona y se asocia con estos nuevos mecanismos inconscientes.
Freud, de manera similar, soluciona en este artículo sus controversias con Jung y Adler, ofreciendo su síntesis y conceptos acerca del narcisismo como alternativas a la libido no-sexual de Jung, y a la protesta masculina de Adler.
El duelo…
La definición propia del duelo, de acuerdo a Freud, es muy amplia, comprendiendo la reacción a la pérdida de un ser (o ente) querido, como hemos dicho, amplificándose simbólicamente a cualquier pérdida que posea significado personal para la estabilidad emocional o física de quien la experimenta.
Esta noción de pérdida, que se fusiona con el mecanismo del abandono, se sublima como idea abstracta, pero que aún así — cuando no está sujeta a ser elaborada más profundamente — se las compone para establecer en la mente nociones y perspectivas emocionales de considerable importancia. En este último sentido, Freud, sobrepasó, en sus formulaciones, a todos sus contemporáneos y a sus sucesores, sean éstos Jacques Lacan, Jacques Derrida y quienes todavía contienden sus hallazgos, preceptos, y teorías formuladas.
La ‘economía’ del duelo y la depresión
Freud enfatizó una definición económica para el proceso del duelo (pérdida de interés en el mundo circundante) y para la percepción del pesar, mientras que ambos actúan fusionando las memorias dolorosas. Una actividad, esta última, que no se relaciona a la atenuación de recuerdos proveniente de la tendencia al olvido que se asocia con la edad y el pasaje del tiempo.
Freud inmediatamente advirtió las similitudes y las diferencias entre estos procesos y la melancolía. Esta última que se caracteriza por una reducción infundada de la autoestima. Acerca de lo último, Freud nos dice: ‘en el duelo el mundo se ha empobrecido y se percibe como si fuera un vacío, mientras que durante el proceso de la melancolía, es el ego quien se siente de tal manera…’
La auto-depreciación melancólica proviene del objeto amado porque éste ha abandonado a quien de éste depende. Lo que conduce a un círculo vicioso, que conlleva a querer identificarse con el objeto que abandona, y, quien ahora se ama y se odia al mismo tiempo, aunque uno no se arriesgue a poder admitirlo.
La rabia narcisista
La rabia narcisista, es poderosa, como, nosotros, antes hemos formulado. Rabia que responde de manera predecible, cuando la injuria que resulta del abandono al ego, es profunda.
Pero el ego-observante no puede tolerar la rabia y la ambivalencia que se sienten hacia un objeto — que una vez fuese amado y que ahora se ha perdido — dirigiendo los afectos negativos resultantes hacia el propio ego, lo que explica los pensamientos e impulsos suicidas que, a menudo, se perciben en esta etapa.
Para nuestros sistemas narcisistas, que revisten y dotan de valores emocionales los objetos que nos acompañan y que nos rodean, la magnitud de las fuerzas, o catexis que de ellos proceden, determinan la intensidad del dolor que sus pérdidas nos causan.
De acuerdo a Freud, el proceso de restaurar el equilibrio emocional, luego de una ruptura narcisista, requiere ajustes psicológicos, que siguen un curso natural e individual en la vida de la persona doliente — proceso que algunos sugieren repite el duelo. Entonces, Freud considera el duelo un proceso natural que debe de ser permitido en su expresión total.
La importancia del proceso de la identificación se considera de importancia primordial para los últimos fines, como Freud elabora más adelante en Tótem y Tabú (Totem and Taboo) (1912-13) y en La Psicología de Grupos y el Análisis del Ego (Group Psychology and the Analysis of the Ego) (1921).
El Duelo y la Melancolía completa la trilogía con que Freud sintetizara la causa de algunas depresiones y las pérdidas narcisistas.
La tanatología
Pero el duelo, consecuencia de la muerte, es parte de la tanatología, ciencia en la que tanto S. Freud como Elisabeth Kübler-Ross estuvieran interesados.
El instinto de la muerte desde el pasado remoto
Desde antes de que el hombre Neandertal — miembro del género Homus que existiera hacen entre 600,000 y 350,000 años — empezara a enterrar sus muertos, la idea de ese ‘sueño inalterable’ lo había fascinado enormemente, comenzando a intuir que, aunque pareciendo final, tal vez podría ser revertido. En búsqueda de esa inmortalidad anhelada nuestros semejantes iban a dedicar sus energías por milenios. Ya que muchas de nuestras supersticiones y teosofías derivan de esa preocupación e idea teleológica que rodea la explicación última de este fenómeno inexorable que constituye el acto de morir.
Freud era un hombre práctico que albergaba muy pocas ilusiones acerca del decoro de la naturaleza humana y de los beneficios que derivaban de la civilización. Después de todo, él vivió para ser testigo del nazismo que manipulara las ideas de Charles Darwin y de Francis Dalton, traducidas por Herbert Spencer, para que algunos justificaran la llamada ‘solución final’ con la raza judaica. (Véase: Freud: Un Hombre para todas las Épocas).
Aproximando la sexta década de su vida, él había, por su parte, sido testigo de las atrocidades morales y deshumanizadoras que se hacían y que se justificaban usando la máscara de la civilización.
Fue cuando se preguntaría: ¿Por qué los seres humanos actúan, tan a menudo, en contra de sus mejores intereses y aún, en contra del sentido de sobrevivir?
Entonces, movido por sus reflexiones, en el año 1920 Freud avanzó su teoría del instinto de la muerte. En ese entonces, la Primera Guerra Mundial había terminado, dejando en su estela mucha penuria por parte de los vencedores y de los vencidos. Padres quedarían enlutados por la muerte de sus hijos, innumerables mujeres quedaron viudas, y niños vivirían en la orfandad.
La humanidad misma estaba de luto…
El drama de esa guerra había hecho trizas de las fundaciones éticas de la civilización occidental, con sus tradiciones vetustas y arraigadas de los conceptos del honor, belleza, gloria, veracidad, y justicia.
Las secuelas de la brutalidad inhumana de esa lucha se podían sentir por todas partes.
Las artes y la ciencia se habían transformado de manera alarmante. Las ciencias biológicas, afectadas por las teorías de Charles Darwin, ya habían destacado uno de los aspectos más sombríos de nuestra naturaleza humana. Nosotros no éramos nada más que otro simio con habilidades lingüísticas e instrumentos más avanzados para el bien y para el mal.
¿Dónde estaban, entonces, la esencia idealizada de la humanidad y sus valores?
Freud adelantó su nueva teoría en su publicación Más Allá del Principio del Placer(Beyond the Pleasure Principle) (1919-1920). Hasta entonces, la mayoría de los filósofos y psicólogos asumirían que los seres humanos estaban motivados por el deseo de experimentar el placer y de evitar el dolor — lo que, no siempre pareciera que fuera el caso.
Algunos de los pacientes de Freud aparentaban ser masoquistas, seres buscadores del dolor físico y emocional, lo que resultaba noción incongruente para él. Mientras más consideración diera Freud a este rompecabezas, más nexos descubriría entre el masoquismo, el suicidio, la guerra, y la inhabilidad de poder amar.
¿Era, que existía, en la naturaleza humana, algo muy profundo que impulsaba a nuestros semejantes a abolir el instinto de la auto-preservación para causarse daño a sí mismo y a otros?
La vida y la muerte: Eros y Tánatos
Freud, entonces, llegó a la conclusión que los seres humanos obedecen, no a uno, sino a dos instintos. Él llamó al instinto que favorece la vida, Eros — por la palabra griega por ‘amor’, y el que favorece la muerte, Tánatos por la palabra griega que significa ‘muerte’.
Era muy característico de Freud hacer uso de la mitología y literatura griegas para apuntalar sus ideas, como también hiciera uso de las ciencias biomédicas y de la física para lograr el mismo objetivo. Basado en sus ideas, él sugirió que todas las criaturas vivientes están dotadas con un instinto o pulsión para retornar al estado inorgánico de donde provienen — Como Adán escuchara de labios del mismo Dios: Génesis 3:19 ‘Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de éste fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo regresarás’.
Este todtriebe, o pulsión hacia la muerte, Freud creyó que fuese activo, no sólo en la mente de toda criatura viviente, sino que asimismo lo estaría en toda célula de todo organismo. Él enfatizó que los procesos metabólicos que son activos en toda las células poseen ambas, propiedades constructivas (anabólicas) y destructivas (catabólicas). La vida progresa, porque ambos procesos trabajan en conjunto — opuestos en fines, pero no adversarios.
Freud, entonces, propuso, que nuestra especie, en particular, funciona mejor cuando existe un balance entre la búsqueda de experiencias placenteras y la ejercitación de afectos negativos, cuando éstos nos facilitan defender nuestros intereses, con la demostración de sentimientos de agresión, rencor y rabia, cuando sufrimos pérdidas narcisistas.
Freud anticipó la fusión de ambas tendencias, cuando ocurre en el amor y en la satisfacción de otros placeres, cuyos derroteros pueden ser lesivos.
Freud y Einstein, especularon que las guerras estallan cuando la sociedad o sus líderes han desplazado sus conflictos neuróticos al escenario público.
La ‘muerte’ del instinto de la muerte
Aunque el concepto del instinto de la muerte haya, por su parte, sufrido una muerte, para muchos prematura, la evidencia de que existen conexiones entre la sexualidad y la destructividad es muy amplia para ser ignorada. Por ejemplo, en casos cuando algunas personas sacrifican su vida por una causa en la que creen.
Kübler-Ross
Elisabeth Kübler-Ross y sus cinco etapas del duelo se han estudiado ampliamente y hoy se consideran parte del currículo de muchas instituciones que entrenan profesionales para asistir en el acto de morir a pacientes terminales, como su manuscrito famoso especifica.
Concluyendo
Para finalizar con el propósito de esta tesis, proponemos en seguida considerar la vida de un hombre ilustre y literato excepcional, cuya vida fuera muy breve. Se trata de W. G. Sebald.
W. G. (Winfred Georg) Maximilian Sebald (1944 – 2001) fue un escritor y académico alemán quien, cuando muriera, en un accidente automovilístico a la edad de 57 años, se mencionaba como candidato para el Premio Nobel en literatura.
Sus producciones intelectuales se consideran importantísimas, porque en ellas el autor traduce la agonía de Alemania y de los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, como lo caracteriza el término Vergangenheitsbewältigung que significa ‘haciendo paz con nuestro pasado’ (véase mi artículo al respecto).
Influido por las obras de Jorge Luis Borjes, Susan Sontag y muchos otros autores contemporáneos, Sebald se ocupó en tratar de reconciliar el tema de la memoria, personal y colectiva, con el trauma del nazismo, durante la Segunda Guerra Mundial, producido en los alemanes quienes vivieran durante ese período nefasto, y en el impacto moral del holocausto.
Para este autor, la vida y la muerte, forman un continuo sin fin, y que, aunque sus efectos en el pensamiento humano poseen el aspecto de un duelo, Sebald se las arregla, para enseñarnos que el dolor de nuestras pérdidas es asunto ineluctable y, que no es saludable mitigarlo. Como antes nos lo demostrara, antes de confrontar su propia muerte, por cáncer, la autora Susan Sontag, a quienes debemos tales contribuciones como la famosa, Illness as Metaphor.
Sebald, como Freud hizo antes que éste lo hiciera, nos alienta a que percibamos el dolor de lo perdido en lugar de utilizar la anestesia de métodos que nos disminuyen los afectos asociados.
Pintar a Guernica, como sublimación artística es de importancia, pero embotar el dolor de la pérdida, carece de justificación moral. Por ello es que, recetar antidepresivos para lograrlo, carece de racional técnica, aunque lo decreten los tocayos de los gobernantes romanos.
En resumen
Nacer y morir son partes integrales de nuestras existencias. El placer, y el dolor de la pérdida de un ser querido son polos opuestos de un continuo emocional ininterrumpido. La partida de quienes amamos se experimenta de manera individual, y no sigue patrones preestablecidos y artificiosamente programados, por esa razón, en esta ponencia soslayamos las enseñanzas de Kübler-Ross.
Para el psicoanálisis freudiano, el proceso del duelo es uno que afecta la integridad y el balance de toda la economía psíquica.
Es un proceso durante el cual se redistribuyen las energías que se habían asignado como catexis — o vectores de fuerzas emocionales — a las cualidades de la persona partida. Como resultado, afectos dispares se despiertan: amor, odio, rabia, remordimiento, rencor y culpa, los que irrumpen en la escena de la vida del doliente con todas sus repercusiones dolorosas y deprimentes.
Cuando la ambivalencia reina y el temor a la percepción del odio, tal vez justificado, por la persona partida, que nos ‘abandona’, nos domina es tiempo para reflexionar y para solicitar la ayuda de personas que puedan resonar, no sólo con el dolor, sino con la confusión que nos sitia.
Pensar, como tantos pretenden hacerlo, que el duelo, que sigue la muerte de un ser amado, es un afecto sintomático que hay que curar, es como si fuera decir, que el hambre hay que satisfacerla con comidas que no alimentan, pero que proporcionan alivio o placer, y nada más.
Recetar un fármaco para resolver el duelo, es como hacer una cesárea (César retorna) para evitar el dolor del parto normal con todas sus emociones características, y necesarias, asociadas. (Véase La Oxitocina, la hormona del ‘amor’).
Tenemos que entender que, el dolor es parte de la vida y que la vida es preludio de la muerte.
Ni más, ni menos…
Las escrituras nos dicen:
Hay un tiempo para todo, y una temporada para cada actividad bajo el cielo… un tiempo para el goce y uno para la tristeza.
Imagen
Faces del duelo.