Los habitantes aborígenes de esta isla-continente se consideran fósiles vivos, reliquias de milenios pasados durante los cuales los seres humanos vivían en perfecta armonía con la Naturaleza.
Los aborígenes eran gente de hábitos escuetos y de constitución delgada. Su dieta carecía de carbohidratos simples (azúcares refinados), de grasas animales (no sabían ni condimentar ni freír), de harinas refinadas (no cosechaban el trigo, porque no sabían cultivar la tierra), no sabían hornear, ni conocían el pan, no procesaban ni consumían la leche y se ajustaban a un estilo de vida de nómada, con poco hacinamiento de posesiones personales, trasladándose a pie, recorriendo distancias considerables en la búsqueda de agua, de la comida y del refugio. Así vivieron muy bien.
Cuando Inglaterra decidió establecer en Australia una colonia penal, lo hizo sin que nadie previera el desastre ecológico y humano que le propinarían al habitante indígena de esas islas. Los convictos-criminales y sus guardianes exterminaron grupos y tribus indígenas sistemáticamente, porque negaban aceptar el hecho de que fueran humanos. Este genocidio se llevó a cabo, de modo similar con se hicieran, tanto en el continente australiano, como también en Tasmania y en Nueva Zelanda.
El resultado patético es que hoy, el aborigen australiano, se considera raza al borde de su extinción. Su hábitat arruinado por los colonizadores, su dieta pervertida por la introducción de tantas cosas para ellos extrañas, sus actividades reducidas y su descubrimiento de las bebidas destiladas (que se compran por doquier) lo que, actuando en conjunto, arriesga el destino de otro eslabón en la cadena de la evolución humana. Pero este desastre humano ecológico, no solamente afecta al nativo, sino que también a la larga nos afectará a todos.
¿Qué ha pasado en Australia y porqué pasó? La respuesta se encuentra imbricada con las variedades de estrategias adaptadoras de nuestra especie H. sapiens sapiens. Respondiendo a las presiones de las fuerzas de la Naturaleza grupos selectos de entre nosotros fueron capaces de llevar a cabo migraciones enormes en búsqueda de seguridad y de la supervivencia. Esas epopeyas se realizaron respondiendo, quienes las realizaran, a las experiencias de los cambios exigidos por el ambiente. También se hizo mediante el uso de capacidades de adaptar. Entre ellas la capacidad de acumular grasa en el cuerpo y de engordar. Grasa, que luego de haber servido su propósito de reserva sería consignada a eliminarse (adelgazar), cuando la grasa no sería ni necesaria ni conveniente. Para lograr esos fines adaptantes el hipotálamo no sólo tornaba el metabolismo en un proceso más eficiente, sino que estimulaba el apetito por comidas que fueran abundantes, copiosas y ricas. Todo esto estaba bien en esa época, porque en ese período de nuestra evolución era necesario. Pero en nuestro mundo actual de comidas en exceso, esta adaptación además de ser superflua es innecesaria. No obstante, las mismas funciones hipotalámicas adaptantes de entonces, permanecen inmutadas en nuestros cuerpos, en éste, un período en nuestra historia durante el cual en algunos de nuestros países (Australia, por ejemplo) el hambre generalizada no ha sido padecida.
En la Australia de hoy, los supermercados están colmados con la misma profusión de frutas y vegetales frescos, de leche y de sus derivativos y de las comidas enlatadas típicas de los países occidentales. Pero aquí todo… absolutamente todo lo que se enlata, se procesa con la adición de azúcares refinados. Comparablemente, las secciones dedicadas en estos supermercados a substancias que son ‘no-comida’, por ejemplo: dulces, helados, salsas condimentadas, golosinas, pastelerías, papas fritas, refrescos, y carnes grasosas y curadas, son mayores que las correspondientes en otros países que hemos visitado. Cuando el australiano hace su compra él usa casi exclusivamente la sección de no-comida, prestándole escasa atención a las frutas y a los vegetales.
En las ciudades de este país se come, se come mucho, y se come mal. El australiano vive casi exclusivamente de pescado y carnes fritas empanadas con harina, en adición consume cantidades enormes de papas fritas, refrescos, dulces y helados de todas clases. También consume pizzas, hamburguesas y toda variedad de sándwich en abundancia. El desayuno es opíparo, al estilo anglo / norteamericano: tostadas, mantequilla, huevos fritos, jamón, chocolate, tortas con mermelada, cereales y leche integral.
El resultado es que nos proporcionan un laboratorio impresionante para la observación científica. A pesar de que se desplazan en sus bicicletas a velocidades adecuadas, a pesar de caminar muchos kilómetros al día y de ser devotos de la vida al aire libre, los australianos en proporciones alarmantes padecen de una súper obesidad extrema que continúa generalizándose. Los niños jóvenes alcanzan la pubertad prematura, resultado de la adiposidad corporal que les agobia. Los adultos se desplazan con la locomoción menoscabada por la acumulación de grasa en sus extremidades, y las personas de avanzada edad dan lástima, ya que están condenados a movilizar sus cuerpos enormes careciendo de la energía necesaria para el enorme trabajo requerido.
En este país parecen existir más lugares donde se pueden comprar comidas del tipo ya mencionado. Porque aparenta que el australiano siempre está comiendo, o chupando, o bebiendo, o tragando algo… sinceramente, aun los animales domésticos afectan el sobrepeso…
Paradójicamente, Australia le ha ‘ofrecido’ al mundo el sistema de reducir de Jenny Craig… que de ser eficiente le hubiese removido, además del dinero de sus bolsillos, quizás libras, a aquellos incautos que creyeran en esa quimera.
A todos nos convendría aprender la lección que nos enseñan los australianos: ‘Fruta… no frito’.
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Aborigen.
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